“No lejos; aquí. Hace tiempo, cuando los niños aún escuchaban nuestras historias; había cuenteros, magos prodigiosos que podían dar vida a todas las palabras.”

Quizás así podríamos comenzar a hablar de casi todo lo que - quién sabe en qué momento - dejamos atrás. Entre ello, nuestras propias historias.

La literatura tradicional paraguaya sobrevivió a todas sus tragedias gracias a la oralidad. La palabra repetida de generación en generación venció guerras, invasiones, e incluso al tiempo. Pero hoy corre peligro. El olvido la amenaza.

La fragilidad de la memoria acentuada con las nuevas costumbres tecnológicas la asfixian. Recrearla, reinventarla, rescribirla: salvarla, es el desafío para la nueva generación de escritores.

Para lograr esto, no se puede competir con las innovaciones del “mercado literario”, no. Se las debe utilizar. La pluma nueva debe ser capaz de amalgamar nuestros personajes e historias tradicionales a los escenarios de hoy, adaptados a los ojos de una niñez distinta, que ya ve, lee y escucha con cinco sentidos.
Que la próxima vez que veamos los campos de algodón, choclos y mandiocas, un jazminero, el tatakuá encendido, un dibujo del Pombero, una canasta de chipá, una vieja sentada frente a la ventana, un excombatiente no derrotado, el dulce de guayaba hirviendo en una olla, un cigarro; o sintamos de repente que algunos olores a melón o a flor de coco nos invaden, se repita el milagro guaraní y nos remonte por un segundo a aquella infancia feliz.
Que nos sacuda. Que nos despierte. Que nos deje una nostalgia por nosotros mismos. Que nos haga querer volver a contar nuestras cosas.
Recuperar la literatura tradicional paraguaya es impostergable. Recuperemos la memoria, nuestra propia esencia.

Hagámoslo hoy; contemos un cuento.
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¡Ábrete, sésamo!

Ya no tenía la tapa. Era un librito gastado, pero todos los dibujos aún tenían sus colores. Ya no brillaban, pero cada vez que lo abría, parecía como si cada estampa reviviera incluso hasta el último de sus sonidos.

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Pasaron por sus dedos todas las letras de ese cuento. Iban y venían sus pupilas sobre cada línea, mientras movía los labios en silencio y tocaba las palabras, como si las guiara a un final que no conocía. Pero en verdad, ya lo había vivido mil veces: Alí decía, “Ábrete, sésamo”, y todas las riquezas se desplegaban ante sus ojos. Y fueron suyas, porque Alí lo merecía.

Ahora que lo había limpiado, estaba seguro de que volvería a servirle para creer que las historias de la gente buena, siempre tienen finales felices. Aunque se había quemado la última página.

Es que casi nada se había salvado. Las lenguas coloradas del fuego devoraron todo. Cuando amaneció lloviznando, ya no había ese olor a tierra mojada. Ya no había monte, ya no estaban los árboles, el pasto ni los terneros. Solo el humo blanquecino de los troncos, las cenizas, y el verdor derrotado del maizal y los cañaverales.

Sobre la silleta, su papá miraba a lo lejos. Su mamá no decía nada, el mortero tampoco. El palo enmudecido entre sus manos también se preguntaba qué, cómo, porqué había pasado tanto.

Antes de que se acaben las pilas, hacía tiempo, dijeron por la radio que mandarían ayuda; pero ni si quiera mandaron agua. Entonces tuvieron que arreglárselas solos, como siempre, arrancándole a la nada un mendrugo. Esquivando los golpes del hambre.

Su mamá sabía cómo hacerlo, y de los zapallos rotos sobre la tierra aparecían dulces. Sabía cómo lavar el beso ennegrecido del fuego en las mandiocas, y hacerlas pan de cada día. Sabía administrar milagros. Quizás por eso también su papá recobró las fuerzas, y con la asada y la foisa, arrancó de raíz a toda la maraña ennegrecida. Espantó a todas las sombras de la chacra y tiró las pocas semillas de esperanza y sésamo que le quedaban en el bolsillo.

Y prendieron, todas prendieron como si supieran que con ellas de nuevo brotaría la vida. Y volvieron las lluvias y al fin se fueron los fuegos. Pero cuando fue tiempo de volver a la escuela, él no lo hizo. Tenía trabajo qué hacer.

Su rostro de niño buscaba las semillas, y cuando el Sol recalcitrante se le ponía como Dios sobre la cabeza, quienes lo miraban cosechar veían el dorado resplandor del sésamo en su rostro.
- “Ábrete sésamo”- decía al pasar. - “¡Ábrete sésamo!”- cada día, porque estaba seguro de que alguna vez se le desplegarían todas las riquezas ante los ojos. Porque él lo merecía. Y porque es cierto: las historias de la gente buena, suelen tener finales felices.

El soldado y el mita’i

Habrá sido las tres. Se despertó y escuchó con miedo, angustia, el silencio sordo, profundo, tan lejano. No había horizonte, no había nada. El abismo de la oscuridad borraba todo, como si el dedo de Dios haya pasado por las cañadas polvorientas deshaciendo lo creado, arrepentido, furioso.


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No pasaba nada. Volvió a sujetar su fusil y acomodarse en la fosa.
El tiempo de guerra es el peor: es el que no pasa. Cerró los ojos y le vino a la memoria la misma estampa: su madre al Sol, sentada en la vieja y seca silla de madera, entre los jazmines, las dalias y los helechos. Cerca del pozo, con las gallinas, los pollitos y terneros que también quedaron en la capuera.
Se durmió otra vez por un segundo. Así se olvidó un momento de que no era el catre: era la tierra; no era la pieza: era la trinchera; no era el potrero: era el Chaco; no era la vida: era la guerra.
Casi descansaba, pero ahí volvió como siempre la peor de las pesadillas: la sed. Los muchos muertos con la lengua fuera, los ojos desorbitados, el rostro hinchado. Entonces Lorenzo despertó de un golpe, en la desesperación, con el aire que ya no le alcanzaba.
Agustín le atajó del hombro y le empujo de nuevo al suelo.
- ¿Querés desayunar bala? Despertate…tranquilizate. Nada no pasa.- Mordía una espina negra y gruesa. Siempre hacía eso; decía que le hacía pasar el hambre. A Lorenzo no.
Y siempre tuvo hambre, frío, sed, y todos los dolores que no sabía que existían, pero nunca dijo nada.

No almenos, frente a Agustín, porque él le enseñó no solo a manejar el mortero, el fusil y las granadas. Le enseñó además que el paraguayo no recula. Que si debe sufrir, sufre, pero no retrocede. Que un paraguayo jamás se rinde.
Era normal que tuviera miedo. Era un niño. Lorenzo no había cumplido 18 cuando mintió y se enroló al ejército que se alistaba en el estadio de los Comuneros. Todo con tal de ir allá, al frente, donde todos iban.
Agustín siempre supo, pero no le dijo nada. Entonces desde que le conoció en el tren que les dejó en Punta Riel, no se despegó de Lorenzo. Lo tenía como a un hermanito. Le enseñaba, le acompañaba, le hablaba de todo lo que dejó en Cabañas y de qué haría cuando vuelva a casa. De que quería poner un negocio, pero no sabía ni de qué y menos qué nombre le daría. Le cuidaba.
En fin, era mucho tiempo. Llevaban siete meses en Toledo sin pelear, pero no pasó siquiera un minuto de paz. Solo era esperar. Aguardar a que el enemigo se equivoque, que avancen o retrocedan, que alguien dispare y vuelva desatarse la avalancha descontrolada de fuego, gritos, plomo, y polvareda. Era lo peor: la incertidumbre.
- ¿Decís que van a venir a ayudarles? – Le dijo Lorenzo sin mirarle. – Parece que por eso nomás esperan. – Revisó su cantimplora vacía.
Agustín se arrastró hacia la boca de la fosa. Tampoco le miró y negó con la cabeza.
- Igual nomás si les mandan apoyo. Esos bolí no vienen porque saben que les esperamos. No van a venir luego todavía.- Amanecía en el horizonte, a lo lejos, frente a los dos y sus fusiles. Entre tanta oscuridad, parecía una esperanza que brotaba.
Ya clareaba y pronto caería el rocío. Como cada madrugada, sigilosos, le ganaban al Sol, extendían los mosquiteros y los dejaban un rato. Luego los torcían. Así, el sereno les regalaba un trago de agua.
Tenía demasiada sed. Lorenzo miraba el paño extendido sobre la maleza como si fuera un tesoro que se espera. Ya estaba más claro el monte.
- Demasiado ya querés, ¿verdád?- Le dijo Agustín con una mueca que parecía una sonrisa.
- Tomá nomás vos primero- respondió casi avergonzado.- Yo miro nomás…
- Andá traé y tomá.- interrumpió con casi una orden. Lorenzo negó con la cabeza
- Andá traé te dije…- repitió Agustín mirándole fijo. Su camarada volvió a negarse.
- Tu turno es. Traé antes que se seque.- respondió sin animarse a mirarle a los ojos.
Agustín escupió la espina a un costado, le miró casi golpeándole. Se levantó y se acercó a Lorenzo.
- ¿Yo pio te pregunte? ¡Andá traé te dije mita’í!.- le pateó la arena ennegrecida- ¿Vos pio crees que yo no sé que te estás por desmayar?
No se movió. Lorenzo siguió agazapado en la trinchera.

Como resignado pero renegando, Agustín tomó la palanganita y fue a torcer el mosquitero.
Lorenzo lo miró mientras se iba, era imposible no admirarlo. De pie, parecía un mariscal. Caminaba y a su paso se abría el camino, hasta parecía que solo sobre él había más luz.
Entonces, era ahí cuando Lorenzo sospechaba que todos: mariscales, soldados, generales; todos en el fondo, tenían miedo a morir. Menos Agustín.
De pronto un estruendo le borró el pensamiento. Se iluminó el campo con un relámpago, un cañonazo destrozador. Atacaron.
Silbaban en el aire las balas que pasaban como avispas coloradas, como enjambre, arrasando.
No podía pensar, quizás por eso corrió hasta los matorrales y le alcanzó una bala en la pierna. Arrodillado, siguió arrastrándose desesperadamente. El humo lleno de polvo y pólvora no le dejaba encontrar a Agustín. Continuó deslizándose sobre el fuego, las espinas y la maraña. Y entre ella, lo encontró tendido, con los ojos cerrados.
Alguien decía que hay golpes en la vida, tan fuertes, como si un puño cerrado nos haya parado su furia en el pecho. Era así. Sintió eso.
Como aturdido, desde allí. Sin aire, desde la inconciencia y el vacío profundo, preguntándose porqué, volvió a pararse y tiró 3 granadas. Con su fusil corrió al frente, al ataque, y descargó en balas toda la ira que sentía por habérsele quitado un amigo. Un hermano.
De pronto ya no hubo ruido, y todo caía lentamente. Miró al cielo y estaba azul. Sintió como si mil cigarras le llenaran el pecho. Cayó arrodillado y siguió mirando el cielo limpio bajo el campo destrozándose en silencio. Pensó que a lo mejor eso era la paz.
Un mortero irrumpió desde el piso: Agustín recobró el sentido y arremetió contra el enemigo con toda la artillería. Cayeron, retrocedieron, y huyeron todos.
Soltó el mortero, corrió hasta Lorenzo y lo tomó en brazos antes de caer. Él le sonrió.
-¡¿Qué lo que hiciste mita’í?!
No le respondió. Le miró y siguió sonriendo. En algún momento, quizás cuando lo abrazó, cerró los ojos.

Poco después, Agustín lo llevó al potrero donde se lo devolvió a su madre, que le dejó entre los jazmines, las dalias y los helechos.
Dicen que un tiempo luego llegó la paz, y que Agustín volvió a Cabañas donde plantó rosas. Y que cada mañana, antes de amanecer, se levantaba a ver cómo los capullos abiertos bebían y se llenaban de rocío.
Ninguna historia de guerra tiene un final feliz, pero todos en el pueblo, supieron del valor, la lealtad y el heroísmo del soldado que volvió.
Nadie sabía qué hizo de sus muchas medallas ni de la vieja cantimplora que le acompañó hasta la última batalla. Tampoco se explicaban cómo nunca le dejaban de brotar flores, y menos aún, porqué al vivero lleno de poderosas rosas, blancas, rojas y anaranjadas que parecían criaturas jugando bajo el Sol, le llamó “El mita’í”.


Casa de mi infancia feliz



Era una casa coronada de santa ritas y lapachos;
el frente estrecho de rejas y pilares; el fondo ancho.

Era una casa con laureles, rosas y granadas entre las manos;
perfumada de canela, con nísperos adornada.

Era el mangal y sus nidos otra casa feliz.

Te quedaste sola, leal como un guardia dejado en el monte;
inamovible ante las tormentas; resistiendo entre las bestias.

Recordar no es fácil; el tiempo lo fue desvaneciendo todo.
Primero, los olores; a dulce de guayaba, a rosas, a comida, a hogar.
Luego, los sonidos; de carcajadas, de tropel de criaturas por el patio, 
de lágrimas cayendo sobre las baldosas.
Y finalmente, las estampas.
Se van borrando los días de Sol y verde  entre los malvones;
de frío y cáscara de naranja seca; de calor y polvareda; 
los rostros de la felicidad y de las agrias penas. 

Cuando uno asume la derrota, todo desaparece.

Las piedras puntiagudas de los pilares se desmoronan; 
las vigas se me clavan en el pecho;
las palabras se me desbandan como pájaros asustados.
Te me vas derrumbando por dentro, casa de mi infancia feliz.
***

Una madre no se cansa de esperar

Es raro. A veces parece que la mayoría del tiempo, incluso de la vida, no recordamos el valor inconmensurable de las pequeñas cosas. Que tener salud, es la felicidad; tener un hijo, una madre, un padre, una cama, un plato caliente; estar vivo, es la felicidad. Hasta que repentinamente, de la noche a la mañana, como un mal sueño que nos despierta en otro, nos quedamos huérfanos.

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Y sí, porque solamente los hechos inesperados nos cambian la vida. Y la partida de una madre, siempre es inesperada. "Huérfano"… Nunca otra palabra dolió tanto. Tan llena de ecos que resuenan en un lugar vacío que quedó en el pecho. "Huérfano"…Una piedra puntiaguda, algo estruja el alma.


Decía Antoine de Saint Éxuperi, que siempre se busca, y a veces se encuentra consuelo; pero en verdad, simplemente, uno aprende a convivir con el dolor. A domar la envidia incontenible hacia aquellos que tan solo se sientan, caminan, hablan, miran, duermen, se ríen o discuten con sus madres. Al fin entonces, uno aprende el valor inabarcable de las pequeñas cosas que dejó pasar.


Pero eso no es todo. Lo peor de perder a alguien, es que uno lo pierde por partes. Primero se va esa persona, luego el sonido de su voz, luego el olor que dejó en todas sus cosas, y a veces, finalmente sus recuerdos. ¡Y qué rabia incontenible, desesperada, impotente siente uno al percatarse con los años, de que a veces incluso ya casi olvidamos su rostro!.
Es que nos acostumbramos a tenerlas vivas cueste lo que cueste, y no nos resignamos a soltarlas, dejarlas ir.


Es así, son así. ¡Y cómo duelen!... Esa gente que de a poco muere, y de a poco se va. En fin, siempre es bueno hablar del dolor. Sobre todo, de las madres que ya no están: quizás alguien que oye o lee, necesitaba convencerse de que efectivamente, era feliz y privilegiado y estaba perdiendo el tiempo en disputas. Entonces, probablemente ya no volverá a desaprovechar la oportunidad de pedir perdón, visitar, abrazar, besar, llamar… aunque sea mirarla. Porque le quedará la sospecha de que un día, arrepentido, dará todo solo por escucharla una vez más.


¿Qué se gana viviendo rencores pasados? Nada. Que nunca gane el orgullo. Hay que regresar a tiempo a la dicha de compartir con ella la magia irrepetible de una vida imperfecta. Dicen los que saben, que es cierto el dicho: “una madre no se cansa de esperar”. Tal vez por naturaleza, ellas aprendieron a dejar siempre la puerta entreabierta: quizás, algún día, en algún momento, alguien quiera volver. Que ninguna hoy se quede sin sus hijos.

Feliz día de la madre.

Árbol de mi infancia feliz

Cuando llegué por primera vez a esa casa, él ya estaba; y entonces, ya lo vi valiente. Resistió las embestidas del viento, el frío, la lluvia y mi infancia de pie. Sin una sola queja de sus ramas viejas. Sí, se lo notaba cansado, pero solo cuando se lo miraba a los ojos.

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Cada vez que salíamos en tropel a jugar, él era uno más. Casi sin darnos cuenta ya nos colgábamos de su largo cuello y nos estirábamos de sus brazos, ¡y cuántos brazos!

¡Si no los habremos recorrido todos!; como monos que no se contentaban con llegar a la copa y bajaban de nuevo al tronco para volver a subir, y mirar; otra vez mirar. Simplemente mirar, y sentirse conquistador de toda la inmensidad que sólo ese árbol veía. ¡Ni nuestras pupilas abarcaban tanto!

Cuando caía un aguacero, solíamos verlo desde la ventana; y pueden creer que ese árbol nos llamaba ¿Existe algo más feliz que correr entre el chubasco y la inocencia, saltando en medio de la lluvia?

Fue siempre él quien nos llamó a salir a jugar. El que nos alzaba y se dejaba sacudir hasta que sus hojas ya no podían de risa. Jamás nos dijo nada. En la vida nos contó la pena y el dolor que lo carcomían por dentro.
Una mañana, habrá querido no hacer ruido, irse sin despertarnos; pero no pudo más y tropezó en el pasto. Lo escuchamos caer y corrimos a verlo, soñolientos, incrédulos, negándonos a la idea de que nuestro tiempo de monos, pájaros y conquistadores había terminado.

Nos dimos cuenta con la más amarga y triste de las sorpresas, que hacia tiempo venía muriendo y que por fin descansaba en el pasto; ya, completamente hueco por dentro. Quizás era donde guardaba el alma. Se fue, y el viejo caserón quedó vacío.

Nunca encontré algo más parecido mi madre, que ese árbol.

¡Qué noble era ese árbol! Flores, pájaros, frutos, semillas, nidos, sombras y luces… ¿Cómo podían parecerse así?

Si los habré querido tanto de niña; hoy los amo más desde el recuerdo.
(Y ni me pregunten cuánto los extraño)

La generación de la alegría

Cuando se vive en el campo, a veces uno se acostumbra a creer que todo lo que ve le pertenece. Los campos de algodón, los maizales, los cañaverales que se pierden en el horizonte y uno no adivina hasta dónde llegan. Las alambradas que surcan, y uno no sospecha hasta dónde van. Las vacas, los bueyes, los toritos. Aunque sea las gallinas, o los pollitos. Pero no siempre es así.

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A veces a algunos nos toca pedir prestado y vivir como mejor se pueda, trabajando simplemente para seguir allí, donde sólo nosotros somos de nosotros mismos.
Hubo un tiempo, hace mucho, en el que nuestros abuelos cosechaban los yerbales.
La enorme carga hecha un bulto les trepaba por la espalda hasta la frente, donde se sujetaba como una vincha despiadada, que no les permitía descansos. Pero volvían, y a veces dos o tres horas bastaban para dormir y comer el avío que nuestras abuelas les preparaban: aceitosos, llenos de almidón para soportar tanto. No sé cómo lo hacían.
Nuestros padres ya no sufrieron así. Ellos ya no heredaron la angustia de saber que trabajarían siempre por vivir solo un día más.
Ya plantaron y cosecharon la soja, el arroz, la caña de azúcar, el algodón y se lo entregaron a sus dueños. Ellos se quedaron con los porotos, los tomates y las mandiocas que bordeaban el rancho.
Cuando me dijeron que todo lo que asombraba mi pupila: el monte, los pastizales y las aguadas; lo ancho que abarcaba el cielo y la tierra, no era nuestro, no lo entendí. Habré sido muy pequeño. Pero de a poco, día a día, cruzando los caminos colorados y las tranqueras, llegaba a la escuela y a comprender más y más cosas.
Unas me gustaban y otras no. Me gustaba saber que crecí, y que ya podía alternar el cuaderno, la asada, el lápiz y el arado. Me angustiaba entender al fin, que sólo eran nuestras las espinas, el polvo, la maraña. Y que la vida era así: difícil.
¡Pero yo pensaba vivirla! Reír. Ser feliz a pesar de no tener un sólo motivo por el cual sonreír. Así comencé a estudiar solito; cada madrugada, antes de ordeñar las vacas; y cada noche, después de cerrar el corral. Y estudié tanto, tanto que este año ya terminé la escuela.
Mi maestra dice que cuando haya un colegio en el pueblo, yo voy a ser el mejor.
A mi me basta con saber que un día voy a salir del pueblo, y cuando ya sea licenciado, voy a volver a convertir el rancho en mi tierra; los zapallos y las sandías en monedas; el algodón en oro blanco. ¡Y rebosará el mercado, porque mis papás estarán en él!
Yendo y viniendo con las carretas llenas de melones, batatas y maníes. Con las gallinas colgando a los costados, y los perros ladrando y siguiéndoles por los caminos pedregosos de la chacra rebosante. Felices. Y yo con ellos, porque también entonces, seguiremos siendo sólo nosotros de nosotros mismos.